Hace unos días se perdió un avión en el atlántico. Sigue hay, o quizás no. Hoy por la radio oí la historia de un tipo q no tomo el vuelo x q cambio sus boletos. Q maldita suerte. Pasar el resto de la vida sin saber si eres el merecedor de un regalo divino, o si por el contrario, Dios no te quiere cerca de el. Si algún día se cae el avión que debo tomar, lógicamente, no lo quiero perder.
El metro es uno de mis lugares favoritos. Desde niño he pasado días enteros hablando con los ojos. Es extraño son un poco mas de las cinco de la tarde y el carro al q me subo va prácticamente vacio.
Hay un tipo realmente feo. Seguro que gana más q yo. Hay solo cuatro personas sentadas, el prefiere permanecer de pie. Debe ser abogado. Viste un traje gris, listado y una corbata amarilla, Italiana, enorme. El nudo es tan grande que inmediatamente sobre este se ve su rostro, no existe la sombra de un cuello. Sus labios son como los de esos basquetbolistas de la NBA q aparecen de la nada en medio de la selva. Lleva el pelo corto, y con una cresta, a lo futbolista aspiracional, q no combina para nada con una cicatriz igual a la del Francés Ribery. En el fondo todos los hombres tenemos algo de futbolistas, unos las mujeres otros la pinta y la plata, los menos el talento escondido bajo una prominente barriga.
Una chica muy hermosa se para frente a mi campo visual. El feo le da una mirada muy rápida y una expresión de dolor deforma a un mas su rostro. Hay mucha pena en sus ojos, esa q solo se ve en los ojos de los que han perdido.
Se abren las puertas. La chica desciende del vagón. El feo se sienta junto a mí. Sabe q lo he visto. Me saluda como si nos conociéramos. Me desencajo. L e pregunto la hora.
Definitivamente es abogado. Su reloj cuesta mas de lo q ganare en un año.
Son un poco antes de las seis. No importa dentro del un carro del metro siempre es medio día.